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BENDECIDOS POR EL

fefinal

Las ciudades antiguas estaban rodeadas de grandes muros para su defensa militar. Jericó era una ciudad amurallada que contaba con muros dobles de ladrillo, en medio de los cuales, en algunas ocasiones, se construían viviendas. Cuando Jerusalén fue sitiada por el ejército de Nabucodonosor, el enemigo no pudo entrar mientras se preservaron las murallas; pero tan pronto algunos hombres de guerra abrieron una brecha para huir, fueron apresados, la ciudad fue tomada e incendiada y el pueblo fue llevado en cautiverio.

Las murallas son necesarias para proteger la ciudad, y una de las más sólidas que podemos levantar es a través de la bendición.

Las bendiciones de Dios por lo general van acompañadas de provisión, protección, favor, misericordia, honra y paz.

En la antigüedad los judíos se bendecían con este saludo que leemos en el libro de Números. Estas palabras han sido y son de bendición también para los cristianos el día de hoy.

A todos nos agrada escuchar palabras de aliento y esperanza, que además son muy agradables al oído.

La bendición de Dios inmortalizó a Abel por causa de su ofrenda. Para Abraham fue un cambio en su naturaleza, provisión abundante y bendición para sus generaciones. Para Isaac fue el hallar la mujer de su vida.

Para Jacob fue la consolidación de su descendencia. A José, la bendición le hizo ser la persona más importante en Egipto, y esto protegió a toda su familia. Para Moisés fue el encontrar su propósito. Para David fue el ser pastoreado por Dios. Para Salomón fue encontrar la sabiduría. Para Elías fue el hacer volver al pueblo a la comunión con Dios. Para Daniel fue el hallar gracia en medio de los gobiernos paganos. Para Jesús fue el ofrendar Su vida. Para Pablo fue el llevar el evangelio hasta lo último de la tierra.

La bendición de Dios va muy unida a la protección, ya que entendemos que Satanás anda como león rugiente buscando a quién devorar. Pero si nos sometemos a Dios, el enemigo huirá de nosotros. Note que la culminación de todas estas bienaventuranzas es la paz, pues el versículo termina con esa palabra. No concluye con confusión, no finaliza con duda ni con temor, sino que dice “y ponga en ti paz”.

Días atrás, al terminar una de las reuniones dominicales, se acercó una mujer con su pequeña hija y me dijo: “Pastor, ¿se
acuerda de mí?” Aunque traté, no lograba ubicarla. Pero ella dijo: “Usted oró por mi hija recién nacida, ¿recuerda que le dije que los médicos habían diagnosticado el síndrome de Down? Ya han pasado seis años, ¿usted puede ver ahora alguna secuela de esa enfermedad?” Le dije que no, que su hija se veía perfecta, y le pedí que me contara cómo fue que aconteció el milagro.

Ella dijo: “A los tres días de nacer, le detectaron el síndrome de Down. En ese momento clamé con todo mi corazón y dije al Señor: “Dios sana a mi hija, Espíritu Santo sana a mi hija”. Yo te serviré el resto de mi vida pero, por favor, Señor sánala. Fue tan intensa la oración que quedé completamente bañada en sudor. Fui luego a ver a mi hija que se encontraba en un tratamiento especial porque su situación era bastante delicada.

Sabía que mi oración había llegado a la presencia de Dios. Al entrar a la habitación, vi que su rostro había cambiado. ¡Ya tenía la sustancia de la fe! Luego la traje para que usted, pastor, impusiera sus manos y orara por ella. Y el Señor hizo el milagro. Dios escuchó la oración y le dio la victoria. (Esperanza Arcila).

BENDECIDOS POR EL